La maternidad, hasta antes del feminismo, fue para mí un camino difícil y espinoso. El simple hecho de lidiar cotidianamente con el quiebre de las expectativas construidas alrededor del hecho de “ser madre” es muy desgastante. La romantización de la maternidad no le hace ningún bien a nadie: a la madre la confronta con una desilusión constante (y el desengaño vivido a solas), mientras que a la criatura la convierte en una especie de traidora que no cumple con lo esperado, con ese “deber ser” que desde que salimos al mundo se nos impone. Y no se nos ocurra quejarnos: si lo que estás viviendo es la etapa más hermosa en la vida de una mujer, cómo puedes quejarte de ese milagro que tienes en brazos, tantas mujeres que quieren ser madres y tú eres una malagradecida. Nadie nos dijo nunca que maternar sería una hecatombe, una hazaña tortuosa llena de lágrimas, desencantos, esfuerzos infinitos, desvelos, desesperación, ignorancia, dudas, llantos y dolor.
Caemos en la Trampa del Amor, como la llama la autora y activista española Beatriz Gimeno: como mujeres, siempre daremos más amor del que recibiremos, y a cambio experimentaremos frustración, dolor, angustia, sentimientos de culpa y de hostilidad al mismo tiempo. Y esta tesis se vuelve aún más punzante durante la maternidad.
Juzgamos nuestra propia maternidad a partir de un ideal de perfección imposible de cumplir, o que si se cumple, termina por anularnos por completo. La maternidad perfecta, la idealizada, la romantizada, nos implica renuncias, sacrificios, abnegación, disponibilidad absoluta y una buena y poco sana dosis de amor incondicional: ser siempre para los otros, en especial para ese ser pequeñito que con cara de ángel pareciera destinado a dictar el resto de nuestras vidas.
Renunciar a nuestra autonomía, a nuestra libertad, a la comodidad, a la igualdad, a nuestras aspiraciones y, por ende, a la felicidad se impone como la única vía para acceder al altar de las buenas madres. Pareciera que si no estamos dispuestas a sufrir, amamos menos. “Si no duele, no es amor”.
Así como ser “una buena madre” es considerado socialmente uno de los logros más grandes de una mujer, ser “una mala madre” es de lo peor que podemos encarnar. Querernos a nosotras mismas es igual a no querer suficiente a nuestras hijas e hijos. Buscar la propia satisfacción, además de la del bebé, se convierte en algo perverso. Somos egoístas, frívolas, malas.
La doctora en bioquímica Libby Weaver, en su TED Talk “El ritmo de la vida moderna vs. nuestra bioquímica de mujeres de las cavernas” y artífice del término Rushing Woman’s Syndrome (Síndrome de la Mujer Acelerada), explica que mientras fisiológicamente seguimos siendo aquellas mujeres y madres de la época de las cavernas y nuestro cerebro sigue operando bajo las mismas reglas bioquímicas, la evolución cultural (siempre mucho más acelerada que la biológica) nos ha aterrizado en una realidad en la que debemos cumplir muchos más roles, todos igual de intensos: somos madres, somos esposas o compañeras, trabajamos, nos ocupamos de la casa (la antigua caverna), cuidar a la familia, ser serviciales para todos (familia postiza, vecinos, invitados, etc.) y además debemos estar hermosas, vernos bien, ser agradables para los demás y parecer cuerdas. Y esto es humanamente –fisiológicamente– imposible.
En consonancia con esta idea, Esther Vivas comienza su ensayo Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad con una frase lapidaria: “El ideal materno oscila entre la madre sacrificada, al servicio de la familia y las criaturas, y la superwoman capaz de llegar a todo compaginando trabajo y crianza”.
Como mujeres, hemos logrado avances en la esfera pública: conquistamos el derecho al trabajo, a un salario propio, a participar en espacios anteriormente sólo masculinos… pero en el espacio privado no hemos conseguido erradicar la dependencia de nuestras parejas y prole de nuestros cuidados y atenciones.
En su ensayo Madres en la trampa del amor romántico, Beatriz Gimeno postula que la maternidad romántica es un sustituto del amor romántico, como una importante fuente de opresión. En esta transfiguración, los valores del amor romántico se trasladan a la maternidad romantizada para seguir cumpliendo la misma función:
…[el amor romántico es el] responsable en gran parte de la construcción desigual de las relaciones, así como en la construcción de subjetividades femeninas pasivas y dependientes. Ese ser para otro, ese poner todas las esperanzas en la llegada del príncipe azul, vivir el ser objeto amoroso como una autorrealización plena y darse a ese amor completamente por encima de los propios deseos, de las propias ambiciones personales; el sacrificio que ese amor exige y que tantas veces pide; en definitiva la renuncia a una misma.
Por su fuera poco, esta maternidad romantizada se impone como un espacio que no permite ninguna posibilidad de crítica. Una afirmación peligrosa es la que establece que el amor maternal es “científico y natural”. Después de tantos años luchando contra la naturalización del sexismo, esta regresa casi indiscutida y protegida por esa justificación universal que es la apelación a la naturaleza, dice Gimeno.
La maternidad me hizo feminista
Al convertirme en madre me di cuenta de cuánto valoro mi libertad, mis aspiraciones, mi tiempo, mis pasatiempos, incluso el ocio más puro y duro. Con la maternidad llegó el sacrificio, la ausencia de tiempo libre, llegaron los mandatos y las expectativas… Y obviamente reventé.
En un proceso difícil de expiación de culpas y deconstrucción, llegó la epifanía: no por ser madre debo dejar de ser quien soy, quien quiero ser. La maternidad no debe contraponerse necesariamente a mis sueños, ni a mi autonomía y mi libertad.
Aunque así pareciera, porque nuestro sistema social así lo dicta, esto no significa que debamos contar necesariamente con una pareja estable que cumpla el rol de padre, porque también con las conquistas feministas se han reivindicado diferentes maternidades: la maternidad de la mujer soltera, la maternidad de las parejas homoparentales, la maternidad colectiva, por nombrar algunas.
Sin embargo, las alternativas a tener a un hombre en casa siguen juzgándose bajo la idea de que una mujer sin un hombre “está incompleta” o “no vale nada”. Y entonces las guarderías, las niñeras, las amigas que participan en la crianza, son vistos como meros remedios caseros que vienen sólo a ocultar nuestra “incapacidad” para ser buenas madres.
Se puede ser madre sin renunciar a sí misma, sí. Que no es fácil, definitivamente no. Que tendrás siempre la mirada que juzga de las personas a tu alrededor, sí. Pero de que se puede, se puede. No es el camino más pavimentado, pero vale totalmente la pena.
Tomemos otro de los mandatos máximos de la maternidad: “para que tu hijo esté bien, tú tienes que estar bien”. Este casi siempre se aplica para contener o acallar nuestros cambios hormonales, y para recordarnos que no podemos “salirnos del huacal”. Que debemos comer bien, que debemos mantenernos “serenas”, que nuestros hijos no deben vernos llorar, que nos veamos siempre fuertes e invencibles. Tiremos eso a la basura y resignifiquemos la frase. “Para que tu hijo esté bien, tú tienes que estar bien”. Entonces la labor reside en rescatarnos, en no anularnos, en ser todo lo que queremos ser, en dedicarnos tiempo, en dedicar tiempo a nuestros anhelos, nuestros gustos, nuestras necesidades. Convertirnos en madres no tiene por qué significar que dejemos de ser personas, que dejemos de existir.
Maternidad feminista
En mi caso, las amigas feministas llegaron un día. Tarde, o demasiado tarde para mi gusto, pero justo a tiempo —cuando estuve lista para entenderlo. Y entonces comprendí que ya no estoy sola. Ya no soy la única que materna a mi hijo. Ya no me siento perdida en un camino que pareció oscuro y pantanoso por mucho tiempo. Por fin, justo a tiempo, estoy viviendo la máxima feminista que reza, desafiante y amorosa, que la maternidad es colectiva.
Bibliografía
Gimeno, Beatriz (s.f.). Madres en la trampa del amor romántico. Revista Anfibia. Universidad Nacional de San Martín, Argentina. Recuperado de http://revistaanfibia.com/ensayo/madres-la-trampa-del-amor-romantico/
Weaver, Libby (2014). TED Talk: The pace of modern life versus our cavewoman biochemistry: Dr Libby Weaver at TEDxQueenstown. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=tJ0SME6Z9rw&t=41s
Vivas, Esther (2019). Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad. Capitán Swing Libros, Madrid.
Friedan, Betty (1963). La mística de la feminidad. Ed. Sagitario, Barcelona. Recuperado de http://bit.ly/Mistica-Feminidad
Herrera Gómez, Coral (2013). Los mitos románticos en la cultura occidental. El Rincón de Haika. Madrid-San José. Recuperado de http://bit.ly/Coral-Herrera-Amor-Romantico
Club de Malasmadres (https://clubdemalasmadres.com)





