Querido hijo - Karen Padilla

Querido hijo

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Querido no, amado. Amadísimo hijo mío.

Hay cosas que he intentado darte con toda la conciencia y dedicación posibles: el respeto por los animales, la devoción a tu hermana, la pasión por los libros. Yo, que creí poder burlar la historia y transmitirte sólo lo luminoso, terminé por entregarte algo más. Algo que llegó a ti sin que pudiera evitarlo.

Hoy te escribo con la urgencia de quien necesita confesar. De quien carga con una culpa que le estruja el corazón. No por algo que hice, sino por algo que soy. Te escribo con un deseo feroz de poder perdonarme por haber permitido que algo oscuro, algo mío, no sólo te tocara, sino que se instalara en tu cuerpo. Algo diminuto. Casi invisible.

He pensado mil veces en lo que te heredé. Un error mínimo. Una cadena de letras defectuosas que se entrelazaron con tu ADN. Una sombra. Un fragmento de mí que ahora te obliga a estar en guardia: por esa tos que se queda, por todas las bacterias que encuentran en ti terreno fértil.

Hasta que llegó esa Navidad.

Había luces por toda la casa y tú estabas tirado en el sofá, con la piel pálida. Tu oxigenación bajaba cada hora. Tosías como si algo dentro estuviera peleando por salir, como si tu pecho fuera una caja cerrada. No podías hablar. Solo me mirabas.

Parecías un muñeco de trapo, rendido. No pensé que fueras a morir. Pensé —con una claridad brutal— que algo estaba naciendo.

Te sostuve como si eso bastara. Como si mis manos pudieran darte aire.

¿Quién iba a decir que de aquellos estudios sin respuestas aparecería esta verdad a medias? Que tu fragilidad tenía nombre y origen. Un fragmento de mi ser. ¿Quién iba a decir, que el suave gen de tu papá iba a venir a salvar el día?

No sabemos aún si lo que te dimos papá y yo completó la ecuación. Tal vez sí, y no hay nada que hacer. O tal vez su mitad fue limpia, y la mía no encontró con qué encajar y estás a salvo.

Y aun así, hijo, cuánto me duele pensar que podrías no ser padre. O peor aún: que lo seas, y el azar de tus células y su madre se repitan, y que el reflejo, esta vez, esté despierto.

No lo hice a propósito.

Lamería ese gen de todo tu cuerpo para tragármelo, si pudiera.

Pero tengo que enfrentar la realidad. No puedo borrar lo que pasó. Y tengo que aceptar que hay cosas que no controlo, por más que ame.

Mi deseo siempre ha sido el mismo: que brilles con la luz de tu nombre.

Hace poco, en uno de nuestros cuentos, te dije que tú y yo estamos hechos de lo mismo. Que tenemos un gen único, valiente, que a veces nos enferma más fácil pero también pelea más fuerte.

Me miraste con esa ilusión tuya —la de sabernos iguales. Pero estás tan pequeño. No pude, no supe decirte los riesgos que aún no comprendo del todo. Que hay líneas invisibles que se cruzan sin que nadie lo note.

¿Podrías disculparme, hijo, por guardar esta verdad para más adelante? ¿Podrás entender que yo también estoy aprendiendo a decirla? Que necesito digerirla antes de poder ofrecértela en trocitos suaves, que no te lastimen.

Quiero enseñarte que todo lo que heredamos puede transformarse. Que, aunque no podamos cambiar muchas de las cosas que nos fueron dadas, sí podemos elegir en qué convertirnos.

Quiero enseñarte que no somos sólo lo que llevamos dentro,
somos lo que hacemos con ello.


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