Eran aproximadamente las seis de la tarde. Seguramente había mucho ruido afuera, pero ella estaba en silencio.
La habitación donde se encontraba era blanca y pulcra. Observó a su alrededor: no había nada personalizado. Incómoda, alcanzó a percatarse de sollozos de mujeres en las otras habitaciones. No podía, o no quería, entender ese lugar ni por qué estaba ahí. Las paredes, tan delgadas, filtraban aquellos lamentos cada vez más fuerte y más cerca. Su cuerpo estaba adolorido. Trató de enfocarse en sus pensamientos, pero la anestesia la mantenía adormecida. Estaba confundida. No estaba segura de lo que había sucedido. De repente, vino a su mente un nombre.
—¡Jaime! ¿Dónde está Jaime?
Seguía aturdida, cansada, adolorida y triste, sin saber exactamente de dónde venía esa sensación. Los lamentos se acercaron más, parecía que estaban ahí. Entonces se dio cuenta. Eran sus propios lamentos. Sin poder contener el llanto, recordó.
Supo entonces qué significaba ese vacío enorme y bestial que sentía dentro, no sólo en su alma sino también en su vientre… en su útero, ahora vacío.





