Los dientes chocan.
No sé si es frío
o miedo.
Tiemblan las piernas los brazos las manos
El médico regaña
no soy yo, le digo,
no soy yo.
Soy una muñeca de trapo
sin agencia
como en un mal sueño.
Manos enguantadas y sangrientas
me mueven
me acomodan
me manosean las entrañas.
Sacudidas violentas,
olor a mercado,
a carnicería.
Una secuencia de actos mecánicos,
como extirpar un tumor
o practicar una autopsia.
Dónde está la belleza que prometieron,
digo tan quedo que nadie escucha,
o quizá la música suena alto para no oírme.
Dónde están la magia la ternura el calor
Soy una muñeca de trapo,
asistente de mago
cortada por la mitad.
—¿Ya nació? —pregunto.
—¿Ya nació?
Silencio.
Ansío el llanto como prueba de vida.
Ansío, al menos,
un rastro de humanidad.
Muñeca de trapo,
trozo de carne,
cadáver en la morgue,
el foco brutal de una comisaría.
Soy culpable,
sí,
soy culpable
de haber nacido mujer
de dar vida
de haber perdido la sabiduría
de parir como animal
Soy culpable
y pago con dolor
con dinero
con maniobra kristeller
Y entonces
sin anuncio ni festejo,
dos ojos inmensos
—como estrellas,
como agujeros negros—
son traídos a mi lado,
y engullen todo:
la sangre
el dolor
la música estridente
el olor a carnicería
la mujer que fui,
la que ya no seré.
El milagro de la vida se alza triunfante.
Mi gata parió en casa
entre toallas sanguinolentas
manos desnudas
cueva caliente
olor a la vida más primera
dos hembras, ella y yo,
la sabiduría en las venas
memoria ancestral guiando.
Yo no tengo ese derecho.
el privilegio de parir como animal
me está vedado.
Yo soy sólo cicatriz en proceso
hilo que une bordes de piel
tejido roto que promete sanar
—lentamente
soy este tajo en la mujer que fui
recordatorio perenne de mi pecado,
de una manzana que no probé
Yo no existo.
Yo ya no soy.
La que pude haber sido
yace inmóvil en la camilla
con sus sueños truncos,
su angustia,
sus temores
germinando
y nadie se percata
porque,
aquí,
el milagro de la vida
acaba de suceder.





