Traigo la vena del ojo reventada.
—Es estrés —dice mi jefa.
—Es rabia —le contesto.
Sigo con mis 11 horas de trabajo.
Voy a descansar cuando vaya al baño,
voy a soñar que un señor millonario me adopta
como a Thalía en todas sus novelas,
pero a diferencia de ella yo nací con la piel rasposa,
ni la piedra pómez ni la vaselina me dieron su cara finita.
Yo tengo la nariz chata
para sobrevivir,
para oler el peligro,
el veneno,
el drenaje abierto,
la fuga de gas.
Nací con la espalda ancha
para sobrevivir,
para cargar a cuestas con todo mi linaje,
para construir sobre mis hombros una casa
para todas las niñas abandonadas.
Tengo estos brazos de tamalera
para sobrevivir,
para repartir de verde, de rajas y de dulce en el mercado.
Ningún trabajo es menos poético para nosotras.
Para sobrevivir
todo,
todo
todo lo que hacemos es para sobrevivir.





