Collage "Crónica para un ser del lago", de Sofía Stamatio

Crónica para un ser del lago

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A. nació en la ribera de un gran lago, donde pasó toda su vida cerca del fogón haciendo tortillas. Cuando su cabello se volvió blanco ya tosía mucho y comenzaron a decirle que era probable que tanto tiempo dedicado a respirar humo habría traído consecuencias. 

La conocí cuando yo era una niña y ella era ya grande, me trataba bien y le fui tomando afecto. 

Cuando uno se involucra con el otro y acompaña desde su poca o mucha capacidad para ejercer ese hecho, comienza a trazar mapas de la vida de los demás en su mente y, si no fuese de esa forma, la narrativa de la historia oral no tendría sentido. Por eso tengo tantos recuerdos de A., aunque yo siempre fui niña cuando más estuve con ella.

Se casó muy joven, tuvo al menos ocho hijos y un esposo muy infiel. Llevó la carencia sobre su pequeño cuerpo de 1.53 cm; no sé si algún tiempo midió más, sólo sé que yo la conocí ya encorvada y con manchas en su rostro. 

Fue una mujer muy alegre que amaba la cerveza y la coca cola. Algunos de sus hijos migraron al norte y, cuando la visitaban, lo primero que ella pedía eran sus bebidas, —siempre decía que bien frías— y al primer trago se echaba un gran eructo que seguramente las señoras refinadas no habrían pasado por alto.

Tuvo una vida muy golpeada a partir de ser esposa. Su marido —el abuelo—, ese señor infiel, pasó al menos la mitad de su vida enfermo; con todo y que se involucró con su hermana, A. tuvo que cuidarlo cuando al andar en el solar de la casa le cayó encima una barda de piedra volcánica acomodada minuciosamente para que trazara los espacios entre vecinos. Cuando eso pasó, a don J. lo dieron por muerto. Pero no fue así, él siguió vivo al menos hasta los setenta y tantos con dos bordones que él mismo fabricó, quizá con dos palitos de huizache. Su espalda no estaba bien, tenía unas llagas en los pies que todo el tiempo le supuraban. 

Cuando el abuelo cayó en cama, A. se negó a atenderlo. Esa labor la llevaron sus hijas como una pesada obligación. Pasaron al menos un par de años para que don J. falleciera. Mi mamá decía que le daba coraje ver a sus hijas tan afectadas, porque habían sido malas en los últimos días del abuelo. 

Se lee extraño, pero la muerte de él significó un alivio para todas, especialmente para A. Sintió entonces la libertad que le habían arrebatado a sus dieciséis años, cuando la casaron con un desobligado. Tuvieron que transcurrir al menos sesenta años para que la pesada carga del matrimonio la dejara de atormentar. 

El destino de cada persona es extraño y a veces cruel. Al poco tiempo, las llamadas de las tías a mi padre eran más seguidas y las visitas a A. también: ella estaba enfermando. 

Fue así como gradualmente A. comenzó a ser de nuevo una niña, un ser indefenso que había que cuidar de los peligros del mundo. 

Supe que nada estaba bien la primera vez que la vi después de su enfermedad y no me reconoció. No creí que fuera grave, porque después de un rato parecía la misma y nos hablaba con familiaridad. Ese mismo día, después de la hora de la comida, salí a la tienda de enfrente de su casa y vi que venía agarrándose de la pared, angustiada porque no recordaba cómo llegar a su casa. Estaba allí, afuera de su hogar sin tener idea de nada.

Ocho largos años pasaron para que mi abuela olvidara todo, o no lo sé, me queda la duda pues en cada visita, cuando llegábamos a tocar sus manos, ella lloraba sin ruido, sólo muchas lágrimas que se evaporaron y se depositaron en el lago de Cuitzeo. Una noche a A. se le olvidó respirar y fue así como trascendió. 

Hoy el lago se secó por completo, no le tocó ver eso. Seguramente, si en algún momento recordó algo, fue un lugar donde en época de lluvia el lago se metía a las casas y todos los pueblos de alrededor olían a pescado.


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