Desde la balsa
el barco parece una isla.
Pero las islas no se hunden,
no crujen sus entrañas
en la boca del mar.
Aviso por radio.
Lanzo bengalas.
Manoteo, grito,
socorro, auxilio—
nadie quiere ver,
nadie quiere oír.
El barco como isla,
como caballero andante,
no pierde la compostura.
Resignado, estoico,
sus siglos y andanzas
se disuelven lentamente.
No clama,
no puede hacerlo.
Su boca soy yo
y mi voz es muda.
Nadie quiere oír.
El agua engulle con hambre.
El casco inmenso
blanco, flemático,
se duele en silencio.
Desde la balsa le lloro.
Quisiera tomar sus manos,
pedir perdón por abandonarlo.
No conozco plegarias.
En mi cuerpo solo hay rabia,
abandono,
dolor.
Y nada de eso basta.
Mis gritos son molestias,
pequeños incordios,
como el berrinche de un niño,
como la perorata de un loco.
La voz que no se quiere oír
es muda,
nonata,
silencio.
Un naufragio se olvida rápido.
El agua devuelve la calma
con la misma eficacia
con que devora.
Apenas unos círculos concéntricos,
una cicatriz efímera,
testimonio fugaz
de lo que ya no existe.
Desde la balsa,
siento el barco encallado en el pecho.
Será este dolor el único sobreviviente.
En tierra firme,
nada de esto existió.
Un naufragio a lo lejos
es nada más que el eco de una ola,
el mar saciando su antojo.
Nadie quiere oír.





