Tenía once años de edad cuando vi por primera vez aquella mancha roja brillante en mis pequeños calzoncitos con figuritas infantiles. Recuerdo haber sentido una mezcla de emociones pero, sobre todo, la enajenación que sentía de observar aquella pequeña mancha. Una voz en mi interior luchaba por hacerse escuchar, preguntándose mil cosas: ¿Eso es sangre? ¿Es normal? ¿Ya tan pronto? ¿Podría tener bebés? ¿Qué dirán en la escuela? ¿Y ahora, qué hago? ¿Le aviso a mi mamá? ¿Ya soy señorita? Me sentí perdida en un mar de preguntas y dudas sobre mí, sobre la Menstruación, sobre Ser Mujer, sobre la vida misma.
Así fue que decidí que se convirtiera en un camino de búsqueda para poder dar respuesta a las preguntas que se sembraron en mí ese día.
En nuestra sociedad, la Menstruación sabe a incertidumbre, a dolor, a descontrol, a desencuentro. Nos han enseñado a vivir nuestro ciclo como una sensación de no ser nosotras mismas. Así, cada vez, cada mes, sufrimos, nos sentimos perdidas y desgraciadas por el castigo impuesto a Eva, que hemos cargado y aceptado a lo largo de los años.
Sin embargo, la verdadera fuerza de nuestra Menstruación, la sabiduría verdadera Femenina, es revelada ante nosotras durante ese lenguaje rojo sangriento, que nos habla de entre nuestros muslos cada mes y que viene de nuestro Útero palpitante.
Se trata de permitirnos nadar en nuestras aguas femeninas internas, tomar del brebaje rojo del caldero uterino y convertirlo en nuestra propia medicina para los sinsabores que se presentan a lo largo de nuestro Ciclo Femenino. Nuestra Menstruación es el abrazo amoroso que nos recibe cada día primero para permitirnos apapacharnos, ralentizar el tiempo y voltear la mirada hacia nosotras mismas, hacia nuestra esencia, hacia nuestras necesidades.
El momento perfecto entre nosotras, para nosotras y el mundo, se da justo entre esos hilillos rojos nutridos por nuestro cuerpo y cada uno de nuestros órganos.
La manifestación de nuestra Feminidad es a través de nuestra sangre menstrual histórica. Sí, histórica, porque nosotras, las Mujeres, hemos sangrado a través de todos los tiempos de la humanidad. Es nuestra sangre menstrual, entonces, la herencia de la sabiduría transmitida de Mujer a Mujer. Nuestras hijas, madres y abuelas se expresan a través de ella.
Cada “día uno” de nuestra fase menstrual indica el primer día de nuestro ciclo, simbólicamente el día uno de nuestra vida, el día uno de nuestra muerte, el día uno de la dualidad, el día uno de nuestro renacer, el día uno para volver a empezar tan de nosotras.
Al conocer mi sangre menstrual, también me conozco y me re-conozco a mí misma y a las Mujeres antes de mí, después de mí y junto a mí.
Pertenecemos a los ciclos de la naturaleza. Nuestra sangre vuelve a la tierra, así como nosotras volvemos al pasado, a la historia de nosotras mismas y de todas.
Ya está aquí, me anuncia la muerte, que roja pasa por mí.
Comienzo y final de mi ciclo.
El ciclo se dibuja a través de mi cuerpo, de mis ovarios, de mi útero, de mi cervix, de mi sentir, de mi mundo interno, de mi ser.
Me quedo quieta, observo y me permito fluir por la danza que marca mi cuerpo, mi Ciclicidad Femenina. Ciclicidad que marca el ritmo de 4 Mujeres que me abrazan, que no son ajenas, que me conocen y yo las conozco… soy yo misma.
Doy la bienvenida a la Bruja, la Sabia, que con su alquimia roja, me trae la sabiduría de 21, 28, 30, 36, 40 días. Reverencio, agradecida a las tres que le antecedieron y que la seguirán. La Doncella, con su magia renovada. La Madre, con su esplendor de entrega y pasión. La Chamana, con la verdad en la boca y en la piel.
Muero con mi menstruación para renacer en la diosa Atenea; hoy soy Lilith.
¡Bienvenida, Sangre de Vida, bienvenida!





